EL VERDADERO AMOR

EL VERDADERO AMOR
Había una vez un Palacio al cual acudían reyes de todos los lugares. Una bella princesa les esperaba anhelando encontrar a su príncipe soñado.
Al primero le preguntaba: “¿qué me puedes entregar?”
−Domino un gran imperio donde todos mis súbditos se ponen a mis pies, donde no tengo nada más que desear para conseguir, donde nadie osa contradecir mi palabra sabiendo que mi voluntad somete cualquier voluntad... sólo tendrás que pedir y se os dará.
−¿Por qué me deseas tanto mal? −dijo la princesa, dejando a su pretendiente perplejo.
»¿Por qué deseas atender todos mis caprichos convirtiéndome en alguien estéril, incapaz de conseguir nada por su propia voluntad, envanecida por temerosos siervos que sólo una reprimenda esperan, y contemplando paisajes cuya alma ha sido arrancada sin compasión?
»Dime pues qué me podrás dar que merezca la pena... ya que todo lo que me ofreces es fruto de la soberbia, en vez de surgir de la compasión.
El rey, que no se creía lo que oía, observó todo el oro que sus criados habían puesto a los pies de aquella hermosa princesa, sin creerse todavía lo que estaba oyendo.
−Te ofrezco todo el oro de mi reino –vino a decir como corolario de su intención, mientras con su mano señalaba los tesoros que dorados refulgían ante ellos.
−Oro que nadie se llevará cuando abandone esta Tierra, oro que estaba aquí antes de que llegáramos, y que estará después de que tú y yo partamos. Oro que de nada vale sino brilla en tu interior...
»Sin embargo, permíteme que te pregunte honorable rey:
»¿Podrás darme el ímpetu de conseguir, la ilusión de no saber si lograré, la confianza que otorga el triunfo sobre lo desconocido, el amor de lo que por tus propios actos ha nacido...?
»¿Podrás darme, en definitiva, aquello que demuestras no poseer?

Así fueron pasando los reyes sin que ninguno pudiera aportar nada que la princesa anhelara, y sin que ninguno pudiera rebatir ni uno solo de sus argumentos.
Al final, desolada, y después de que toda la comitiva partiera, recorrió con un pequeño séquito las calles de su ciudad, mientras los pensamientos asolaban su solitaria alma.

En una plaza, cercana a una fuente, encontró un joven que no recordaba haber visto antes, y que, queriendo beber, dejaba pasar para saciar su sed a todo aquel que en ese momento se acercaba, de forma que observó que, durante un buen rato, a él le era imposible beber debido a su generosidad.
Se aproximó intrigada y, no aceptando que le cediera el paso para tomar de aquella cristalina y pura agua que manaba de un manantial reconducido en fuente, le preguntó:
−Eres demasiado gentil, pero alguna vez tendrás que beber tú, ¿no crees?
−Cierto −contestó complacido dirigiéndole un galante gesto y esbozando una sonrisa en los labios−, pero tengo un secreto que a nadie confieso; aunque siendo usted, mi princesa, podría hacer una excepción...
−Estoy impaciente por oírte...
Y el joven comenzó a explicar el motivo de su conducta:
−Durante mucho tiempo pensaba que para conseguir tenía que hacer y tener; me dediqué a rodearme de posesiones y personas, de dinero y cosas que suplieran mis necesidades. Así, para amar necesitaba una mujer, para protegerme barreras y puertas, para sentirme... alguien que me dijera que yo estaba ahí... y, sin embargo, teniendo todo lo que pensaba mitigaría mi desazón, ésta crecía considerablemente.
La princesa escuchaba atentamente, intrigada por la siguiente parte de su relato.
−Un día, cuando me disponía a almorzar en uno de mis viajes, aprovechando un claro en el camino donde me podía sentar, pasó una familia que se dirigía en busca de sustento a otra ciudad. Sus dos hijos, que a duras penas podían ya caminar, contemplaron extasiados las viandas de las que yo me disponía a dar buena cuenta.
»Sin pensarlo dos veces, ofrecí a aquella familia mi sustento para ese día, que agradecieron sobremanera ya que era el único bocado que se habían llevado al estómago desde hacía tiempo.
La princesa escuchaba extasiada, ya no solo por lo que le narraba aquel desconocido y apuesto joven, sino por el brillo e ímpetu de sus ojos, que parecían imprimir la entonación adecuada a cada una de sus palabras.
−Y entonces ocurrió algo que me sorprendió.
»Cuanto más veía saciada a aquella familia en su sinsabor, más quedaba yo pleno y sin ganas de comer, como si una especie de hechizo se estuviera produciendo en mí.
»Aquel momento fue gozoso, ya que, aun sin nada haberme llevado a la boca, mi desazón desaparecía según contemplaba a aquella familia comer. Impactado, seguí mi camino y dejé allí todo lo que portaba, incluso los aparejos para el frío y otros menesteres que sentí me sobraron en aquel instante.
»Por la noche, ya en mi casa, contemplé la magnífica morada que, paradójicamente, también parecía observarme a mí. Todo aquello, aun cómodamente ornamentado, empezó a dolerme en el corazón. Las piezas “se caían” en mi interior; los jarrones, los lujosos muebles, el servicio que tenía a mi disposición, aquellas personas que se inclinaban a mi paso, hacían que sintiera dolor. Todo se desmoronó ante una nueva visión que en mí nacía, fruto del impacto interior con el que regresé.
»Los días pasaron sin que pudiera salir de aquel estado de estupefacción en el cual me encontraba, mientras a mi alrededor todo se desmoronaba por momentos.
−Pero, ¿tú seguías siendo el mismo que partiste antes del viaje? −preguntó la princesa que se hallaba ya sentada junto a aquel joven, totalmente entregada a lo que escuchaba, que la había atrapado desde el principio en un estado de asombro e incertidumbre.
−Externamente sí; pero... ¿quién era aquel que el espejo me reflejaba cuando pasaba ante éste?, ¿quién era ese personaje que no reconocía, vestido con ricos ropajes, y ante el cual los demás, aquellos que yo ahora veía de igual, se inclinaban?
»No me reconocía, tenía ropas que me reflejaban algo que no era yo, como si de pronto te dieras cuenta de que tus ropajes no te representaban, y te pesaran cual manta empapada de agua que llevas sobre tus hombros.
−Entiendo, y ¿qué hiciste?
−El cambio seguía doliéndome dentro, no había demora, no era algo de aquella tarde que se desvaneciera al día siguiente; era yo el que ahora miraba con otros ojos, y me hacía daño lo que veía.
»Me dediqué entonces a buscar en los demás lo que mi interior me impelía a encontrar, y esto fue lo que ocurrió:
»Di amor a aquella joven que necesitaba ser amada, comprensión al pastor que solamente quería ser oído, libertad para que se fuera al que se sentía atado a mi hacienda; dejé pasar al que quería adelantar y me puse delante del que esperaba aprender de otro.
»Dejé de buscar lo mío y, a través de lo que buscaban los demás, encontré mi plenitud.

Sonrió ahora a la que veía como una bella mujer atrapada también en un escenario que no sentía, para acabar diciendo mirando directamente a sus bellos ojos con pausada cadencia que atrapó el ensueño de aquella joven vestida con exquisitos ropajes:

«El secreto, Princesa, es que solo poseemos lo que somos capaces de dar a los demás.»

La princesa, maravillada por la sencillez y veracidad que desprendían las palabras del joven, quedó prendada de él; y descubrió, en ese preciso instante, que solo dando amor a aquella persona encontraría el verdadero Amor.

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