SE LLAMA MICHEL

SE LLAMA MICHEL
Los días previos al viaje fueron como un bálsamo, en el cual, después de notar la artificialidad del mundo en el que vivíamos, renacían como esperanza de que el sol volvía a salir, tras grises nubes que hasta ahora conformaban nuestra realidad.
Siempre existía un camino que avanzaba, siempre la energía que había dado origen al Universo hacía que tu vibración no quedara estancada, con tu acompañamiento, o a costa de éste.
Con la diferencia de dejar atrás a seres clamando justicia por tamaña injusticia, o a seres plenos de conciencia de que lo justo es lo que en todo momento deviene en realidad.
París se presentó ante nosotros con musicalidad. Desconocíamos, salvo los más importantes monumentos por todos conocidos, qué nos podía deparar.
De esta manera, los monumentales espacios aparecían ante ti como si previamente no estuvieran allí, ya que desconocías su ubicación o, en algunos casos, su existencia. Esto se convertía en una especie de juego en el que ponías venda a tu previsión o anticipación de los hechos y te sentías partícipe de la espontaneidad que te hacía andar a la par de su sorpresa y armonía.

Podíamos perfectamente pasar una mañana en un lugar sin ningún propósito cierto, y no visitar monumentos conocidos simplemente porque tus pasos no te llevaban hasta donde se encontraban ubicados. No existía ruta previa sino posibles lugares a los que podías llegar o no, si en el camino alguna conversación llamaba tu atención, o algún viandante o suceso se convertía en lo más importante que en ese momento deberías atender.
Paseando entre sus calles sin rumbo cierto, observamos la solera de lo que está impregnado de historia. En la ruta desde nuestro hotel a los Campos Elíseos nos encontramos con una plaza denominada la Fontaine de Saint-Michel, donde el Arcángel Miguel blandía su espada manteniendo a sus pies al Dragón, mientras sus fuentes no dejaban de manar limpia claridad.
Paramos en un cercano café parisino, gratamente complacidos de haber encontrado aquel lugar del que hasta entonces no teníamos referencia, como primera parada de nuestra andadura, mientras lo observábamos, deleitándonos en el ensimismamiento que nos producía su estructura y belleza. Aún más al representar al Arcángel, que no dudábamos nos había conducido hasta allí.
Los sucesos que vivimos frente a esta plaza se sucedieron así:
A nuestro lado, tres jóvenes parisinas tomaban café, hablando y comentando algún tema que las tenía intrigadas. De buen vestir y finos modales, con aterciopelada y cuidada tez, parecían estar preocupadas por algo que no llegaban a entender.
María, que conocía el idioma, y ante la preocupación que se incrementaba en sus rostros según una relataba algo a sus amigas, aprovechando la proximidad de las mesas en aquella estrecha terraza, llegó a intervenir.
−Perdonad, pero sin querer he escuchado que habláis de esta fuente con la estatua del Arcángel Miguel; lo que no entiendo es por qué estáis tan preocupadas, y si esto tiene algo que ver con dicha fuente.
Las tres jóvenes, un poco sorprendidas al principio por la injerencia, accedieron después, ante el semblante amigo de María, a contarnos lo sucedido. Acercamos entonces nuestras sillas a su mesa y compartimos su historia.
Después de las oportunas presentaciones, nos relataron lo siguiente.
Una de ellas, llamada Michelle, pasaba todos los días por la Plaza de la Fontaine para dirigirse a su centro de estudio, y desde hace tiempo, esto es lo que le sucedía:
Un día, con una preocupación apremiante por la inesperada enfermedad de su madre, cuyo cáncer se extendía considerablemente desde su pecho al corazón, y al pasar justo por esta plaza ensimismada en sus pensamientos, oyó que una voz le decía:

«Si tu pecho no es capaz de dar,
acaba marchitándose;
si el corazón no es capaz de amar,
acaba sin saber latir...»

Impactada por lo que acababa de oír, apremió el paso después de girar instintivamente la cabeza hacia el monumento en el cual una conocida e hierática figura continuaba dominando al dragón.
La mañana transcurrió entre la incredulidad de lo sucedido, que su razón argumentaba irreal o fruto de una alucinación, y la certeza que nítidamente sentía en su interior de que aquello, que con claridad había escuchado como algo externo a ella aunque hubiera sonado en su mente, era la voz del Arcángel que coronaba aquella fuente.
Apuró la mañana pensando más en su vuelta que en las explicaciones que el profesor se empeñaba en reiterar en un monótono explicar que sonaba ajeno e irreal.

Solía regresar por el mismo lugar que cruzaba aquella fuente hasta ahora grato espacio por el que pasar, y eso pensaba hacer dando por irreal lo escuchado. Aunque no tenía la certeza de atreverse a ratificar esa irrealidad pasando de nuevo por aquel lugar.
No sabía si era miedo lo que tenía, o respeto ante algo que, aunque negara reiteradamente, todavía resonaba como si ahora mismo se estuviera repitiendo.
Retornó a su casa omitiendo el paso por la plaza que tanto le gustaba, donde solía disfrutar del trasluz de la figura que, aunque no miraras directamente, se sentía siempre presente. Sus pensamientos se mantenían ocupados en otros pensares en un vano intento de no dar por válido semejante hecho.
Pasaron los días y sus sueños fueron cobijo de aquel suceso que le hacía removerse en la cama haciendo que su descanso fuera un duermevela en el cual se veía girar para contemplar al arcángel respondiendo a su mirada mientras, sereno, dominaba al dragón. Torrentes de claridad salían de los chorros de la fuente mientras ella desviaba la mirada y continuaba rauda alejándose de allí.
En estos días la situación en su casa se volvió irrespirablemente tensa. Michelle vagaba como espectro esquivando a su madre que, dolorida, sabía que ambas debían afrontar la situación; pero dando tiempo a su hija que desde hacía semanas veía transfigurada, como afectada por lo que ella pensaba era el dolor por su situación.
Un día, después de que su madre asistiera una vez más al hospital donde la trataban, y después de haber recibido noticias nada halagüeñas con respecto a su enfermedad, conversó con Michelle de la siguiente manera.
La cocina se tornó frío escenario de silencio roto por crudas palabras, mientras el sonido del reloj colgado en la pared parecía oírse donde nunca había sido sentido con tal nitidez.
−Hija, creo que voy a morir.
Michelle ni siquiera levantó la cabeza de su plato que removía sin acertar a llevarse bocado a la boca, mientras se debatía interiormente. Pasaron eternos instantes que parecían marcar la pauta de lo que allí sucedía; en momentos intensamente sentidos. Michelle se debatía entre el dolor por la situación de su madre y los recientes sucesos que la golpeaban con azotes de realidad.
−Escucha, mamá −se atrevió a decir al final con un brillo de esperanza en sus ojos, pero sin saber cómo se tomaría su madre lo que pretendía contarle.
»El otro día pasé como siempre por la Fontaine de Saint-Michel −dijo mirando a su madre con cierto temor−; iba pensando en ti y en tu enfermedad.
Su madre la miró fijamente.
−Y escuché de una forma clara y concisa una voz que, y te aseguro que no era mi mente ni alguien externo que en ese momento pasara a mi lado, me decía lo siguiente:
«Si tu pecho no es capaz de dar,
acaba marchitándose;
si el corazón no es capaz de amar,
acaba sin saber latir...»

−¿Te dice algo?
La muchacha escrutó la expresión de su madre intentando adivinar si la arrogancia que había tenido al contarle aquel desvarío a una persona enferma había servido de algo.
La madre, sorprendida, bajó la cabeza y, dando un beso en la frente a su hija, se levantó excusándose antes de irse.
−Yo −nos contaba aquella preciosa joven con la que compartíamos mesa en el café−, como podéis imaginar, quedé destrozada por mi atrevimiento; pero a la vez libre de toda opresión que había sentido hasta entonces.

Esa misma tarde, y sin volver a cruzarme con mi madre que había desaparecido en una casa que se había tornado grande para nosotras dos, tenía que volver a donde recibo clases, y decidí pasar por la plaza de la Fontaine enfadada conmigo misma por haber hecho caso a lo que, sin duda, no fue más que mi imaginación.
Enojada y decidida, con mi carpeta entre los brazos, crucé la plaza sin ni siquiera volverme a contemplar la estatua.
Y cuando creía que había pasado de largo y nada ocurría, ratificándome en mi incredulidad de lo que había irrisoriamente tomado por real, volví a oír:

«¡Qué razón desecha a tu corazón que sabe hacer; y qué corazón puede latir sin ser...!»

−Aquello hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo, mientras salí de allí con premura sin ni siquiera volver la vista atrás.
»No pude ir a clase, nada podía hacer que me metiera entre cuatro paredes a escuchar una letanía que ni siquiera era capaz de oír; y aproveché la primera mesa libre que encontré en un bar para sentarme y sosegarme.
»La voz, que había vuelto a escuchar con contundente claridad, no me infundía temor; era serena y pausada, digna... del Arcángel Miguel, como así me lo decía mi corazón.
»Pero... ¡¿cómo podía ser?!
»Yo soy creyente, pero racional: una cosa es creer en Dios y que cuando mueres vas al cielo sin más planteamientos, mientras tu vida sigue su curso esperando la lejana interrupción que la muerte trae y que no te planteas hasta que eres vieja y la ves cercana; y otra es oír, consciente y serena en tu camino diario que estás cansada de realizar, al mismísimo Arcángel dirigirse a ti.

Callamos sintiendo aquel momento...
Michelle era atractiva; de pelo rubio y recogido en una coleta, sus finos rasgos casi de porcelana la hacían hermosa, de una belleza en la que a veces la conversación se torna trivial sintiendo la placidez de su presencia. Sus ojos ahora brillaban. La muchacha prosiguió.
−Nada conté a nadie, al igual que nada había contado de la primera vez que ocurrió, ni siquiera a ellas que son mis mejores amigas, ¿cómo iba a decir que oía una voz, y que pensaba que ésta era ni más ni menos la del Arcángel Miguel?

En días posteriores, mis sueños se llenaron de esa segunda frase que aparecía como trasfondo de cualquier escenario en el que pretendía descansar; hasta que, sin poder evitarlo, y entre momentos tensos en los que mi madre y yo nos encontrábamos frente a frente, le dije de nuevo, sin dejar que escapara de mi encuentro, lo que comenzaba a ser un clamor en mi interior que ya no podía callar...
A la primera oportunidad que tuve agarré suavemente su brazo cuando nos cruzamos por el pasillo, ya que parecíamos evitarnos desde aquella conversación en la cocina, huyendo una de la otra cuando coincidíamos en alguna estancia. Y le dije:
−Mamá, te lo tengo que decir, he vuelto a oír al pasar por la Fontaine de Saint-Michel otra vez la voz que me perturba, y que hace que no concilie el sueño. Déjame liberarme de ello contándotelo. He vuelto a escuchar otra frase, y es ésta:

«¡Qué razón desecha a tu corazón que sabe hacer; y qué corazón puede latir sin ser...!»

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